viernes, 19 de octubre de 2012

La palabra y la democracia

El silenciamiento, la privación del lenguaje, la imposibilidad de expresión de los oprimidos, es otra escena de violencia social, que a veces se traslada a algunas aulas.
No ocurre solo en situaciones extremas de irrupción de dictaduras o genocidios, sino también cada vez que quien/es detenta/n el monopolio de la palabra ejercen violencia silenciando, descalificando, desvirtuando y/o
acusando sistemáticamente a los más débiles para reprimir sus voces. 
Daniel Moyano describe esta situación en su novela El vuelo del tigre, publicada en 1982. 
Algunos datos sobre su biografía, son los que extraemos de la noticia de su fallecimiento, ocurrido el día anterior, del diario Página 12 del 2 de julio de 1992:
"Había nacido en 1930 en Buenos Aires, pero antes de exiliarse vivió la mayor parte de sus días en el interior; primero en Córdoba y luego en La Rioja, donde formó un cuarteto de cámara en el que él mismo tocaba el violín.  Dicen que su condición de escritor y tamaño gesto de subversión fueron suficientes para que los militares entrantes lo miraran con inquina, lo mandaran a la cárcel, lo torturaran y hasta le hicieran un simulacro de fusilamiento."
"En 1976 se fue al exilio pero nunca volvió.  Era uno de los mejores narradores de la generación del 60 y su estilo y evolución fueron a menudo comparados con los de Haroldo Conti."
Algunos fragmentos de los capítulos 1 y 2 de El vuelo del tigre nos pueden dar una idea de la belleza y potencia de su escritura.  La metáfora del interrogatorio que obliga al acusado a conjugar verbos,  en una gramática que solo domina su opresor, quien los deforma y vacía de contenido (lexema), expresa de manera originalísima cómo el lenguaje, el discurso, son usados como instrumentos de dominación.  En el campo de la lingüística y el análisis del discurso, este problema es objeto de reflexiones y estudios por parte de autores como Noam Chomsky y Teum Van Dijk.
(...) Belinda, trepada en la veleta, miraba distraída los techos de Hualacato, ese pueblo perdido entre la cordillera, el mar y las desgracias. (...)
Cuando ellos llegan montados en sus tigres Hualacato se inclina, modifica su paisaje.  Se apoderan del tiempo y las cosechas, las calles son cerradas o desviadas, los caminos no llevan a los lugares de siempre.  Hualacato se arruga.  Las fachadas chorreantes llorando desde sus grietas enfermas, especie de nuevo orden arquitectónico que turistas de diversas lenguas corren a fotografiar ávidamente.  Los albañiles sacan sus plomadas y comprueban que las casas son un maizal al viento.  Están torcidas, dicen los albañiles; y les quitan las plomadas.  Sin plomada, usan el ojo clínico.  Están torcidas, no hay vuelta que darle, dicen.  Entonces se los llevan.  Están torcidas sea como sea, alcanzan a decir mientras desaparecen entre grandes puertas, mientras los edificios quieren caerse, inclinándose bajo vientos impensados.  Entonces las vicuñas dejan de reproducirse, porque todo tiene su respuesta, contaba el viejo Aballay, que venía peleando desde hacía cuarenta años, a su manera, claro, desde una silla de ruedas, con puras invenciones.
Todo prohibido en Hualacato, pero la gente afina sus instrumentos en otro tono para no perder la alegría.  Y a medida que se va prohibiendo cualquier tono ellos suben o bajan sus cuerdas,  ya se sabe que la música es infinita.  Con esto consiguen vivir en un mundo por lo menos paralelo a la realidad, y para no perder el rumbo se refugian en sus antiguas supersticiones.
Desmontando sus tigres van apropiándose de todo.  A los hualacateños en sus casas solamente les quedan dos lugares, uno para el hambre y otro para el frío.  Hasta el agua es envasada y sellada, incluso la de lluvia, captada por inmensos aparatos.  No llueve más en Hualacato, madrecita.
No es la primera vez que vienen.  En cuarenta años el viejo los ha visto llegar en caballos, en camiones, siempre de noche, desde todos los puntos cardinales llegan ellos siempre, cambian todo de sitio llamando sur al norte, lo miran todo sospechando, pueden derretir una flor o una persona cuando miran, lo miran todo con los ojos que debe tener la tristeza del mundo cuando se siente muy enfermo.  Llegan de noche mezclando su percusión, sus ruidos, a los ruidos de la vida. 
Los hualacateños tienen buen oído.  Hay ruidos detrás, dicen; como respiraciones a destiempo, como percusiones.  De noche no podemos dormir, como si hubiera tigres husmeando por las puertas.  Calumnias, gritan las radios y tevés, aquí no hay tigres, excepto el ejemplar enfermo del Zoológico.
Un buen día los hualacateños se ponen de acuerdo como en una orquesta y hacen un compás de espera, interrumpen la vida para escuchar los ruidos que hay detrás.  En las calles y en las fábricas cada habitante tapa su sonido.  Han plegado los atriles.  En el silencio colectivo salen claros los ruidos.  Lo que parecía una respiración muy fuerte es una percusión arrítmica; duelen los oídos.
¡A tocar! ¡A tocar! gritan los percusionistas en las calles castigando a los silenciosos. Se trepan a los camiones y hacen sonar las bocinas, ponen en marcha los motores, hacen ladrar los perros; y con todo, los ruidos se escuchan todavía.  Entonces llegan unas patrullas parlantes que recorren la ciudad dando gritos, día y noche sincrónicas las patrullas según las necesidades aparecen ululando, doblando en las esquinas como si se las llevara el viento, corriendo a disimular los ruidos en los barrios, corriendo y ladrando como grandes perros negros para que no se escuche la radio.
Si no quieren tocar los obligaremos, dicen los percusionistas, y de noche los camiones van por las calles de Hualacato, paran en las esquinas, bajan hombres y golpean las puertas en busca de gente silenciosa; a costa de cualquier cosa van a salvar ruidos. 
(...)
El hombre golpeó dos veces en la puerta.  Cuando estuvo adentro, aunque era de noche, dijo rápidamente buenos días, soy el Percusionista.
Bueno, bueno, bueno.  Aquí están los músicos que se negaron a tocar, ¿nok? No asustarse, que estas son cosas de rutina.  Así, apoyados contra la pared buscando una arañita. (...)
(...) Ahora pueden darse vuelta y dejar la arañita para otro momento.  Quiero que me miren bien y me conozcan.  No vengo a hacerles daño.   He venido a salvarlos, no a perderlos. (...) Ustedes tienen la obligación de aceptarme de buen grado. (...) 
(...) Mi permanencia en esta casa dependerá solamente de ustedes.  Vengo a organizar las cosas, a enseñarles a vivir en la realidad y sacarles los pajaritos de la cabeza, que ya les han causado muchos sufrimientos si lo piensan bien.  No soy un iluminado.  Soy un hombre práctico que ha aceptado lo real. (...)
Los Aballay  acabaron de vestirse para ir a acostarse.  Por orden de estatura esperaban su turno ante el cuarto de baño, los ojos fijos en el aire buscando una arañita.
-¿Podemos saber  su nombre por lo menos? -dijo el viejo.
-Mi nombre es un poco largo.  Pueden llamarme Nabu simplemente.
...................................................................................................................................................................Coca en la cocina pelando papas y en la otra pieza está Nabu interrogando a su marido.  Yo no toqué esas cosas, dice Cholo.  Vamos a ponernos de acuerdo con el tiempo, porque estamos hablando de tiempos distintos.  No las tocaste cuándo.  Ya sé que antes de tocarlas no las habías tocado.  Así es muy fácil decir yo no toqué.  Yo pregunto después, después que las tocaste te pregunto, y en ese caso es una falsedad decir yo no toqué.  Porque tocaste y aquí están las fechas.  Usted bien sabe que yo no toqué, esas son todas invenciones, yo no toqué, yo no tocaba.  Así que no tocabas pero ibas a tocar.  ¿Habías de tocar o ya habías tocado?  ¿Hubiste de tocar o habiendo tocado ya tocabas?  Porque entonces hubiste de tocar o habrías de tocar habiendo lo que hubo.  ¿No es verdad?  Yo, señor, no comprendo. Porque hubiste de tocar, porque todos hubieron, tengo fechas y lugares precisos.  ¿Hubo de haber habido o había de haber habiendo habido?  Entonces no hubiste pero hubieras habido, ¿nok? ¿Hubiste lo que hubo o habías de haber lo que ya había?  No hube lo que había, yo no he.  Ah, pero entonces había, hubo.  ¿Por qué negaste entonces que había lo que hubo? Queda claro que hubiste de tocar, o sea que tocaste.  Yo no toqué, no había.  Mentiras, falsedades, dijiste recién que no hubiste lo que había, o sea que hubo.  Yo no sé lo que hubo, pero yo no hube.  No  hubiste porque habías habido.  Poco a poco van aclarándose las cosas.  ¿Hubiste habido sí o no?  No, no hube habido. ¿Habrías habido o habías habido?  Quiero respuestas claras.  No, yo no habría habido. Caramba, no habrías habido si qué.  No habrías habido si no hubiera habido lo que hubo, es decir, lo que haya habido. No señor, yo no hube lo que haya habido, yo no sé nada del hubiese habido.  Vamos, hubiste de haber habido lo que hubo si hubo de haber habido lo que había.  ¿Hubieres habido lo que hubiere habido? ¿Haste hubido? ¿Huste? ¿Histe? ¿Habiste hubido? ¿Habreste hubido hayendo? No, yo no hi, yo no hu.  Entonces también hubes lo que haya hayido, y esto pone las cosas peor, porque entonces quiere decir que hubriste, hubraste, hayaste, histe."

jueves, 18 de octubre de 2012

"El requerimiento" - Sobre las cuestiones del leer y el poder

¡ SE LEE CON LOS OJOS!
Hay una escena de lectura profundamente arraigada en las escuelas primarias: el docente lee, los niños escuchan.
Durante la década pasada, en mi trabajo como docente de Lengua y de Apoyo a la Residencia en el Profesorado, esta escena era la más difícil de hacer retroceder frente a las investigaciones e innovaciones teóricas que desde la Psicolingüística (Keneth Goodman, Frank Smith, psicología constructivista) y la teoría transaccional (Louise Rosenblatt) ya habían demostrado en las últimas décadas del siglo XX que la lectura es un proceso de interacción, o transacción, entre el lector (su mente, su información no visual, sus esquemas) y el texto; una relación doble, recíproca, una interfusión de lector y texto en una síntesis única que constituye el "significado".
El conflicto era infaltable a la hora de la residencia, cuando a algún grupo de nuestros alumnos, el docente titular del grado de la escuela primaria, no les permitía darles tiempo a los niños para la lectura silenciosa: "No pierdan tiempo, lean ustedes", les decían a veces. 
Para leer hace falta que: el lector tenga el texto en sus manos, y disponga de tiempo y silencio para su propia construcción del significado.
Estamos en siglo XXI y después de haber estudiado lo que desarrollaron las teorías de la lectura, tenemos que recordar que SE LEE CON LOS OJOS.  Si siempre el docente lee y los niños solo escuchan, en el mejor de los casos aprenderán a escuchar, pero no a leer. 
Mempo Giardinelli ha denunciado que luego de la década neoliberal, a la que el chaqueño Francisco Romero calificó de "culturicidio",  el vocabulario de un argentino promedio se redujo de entre 3.000 y 5.000 palabras que usaba en la década del '70 a un pobrísimo universo de alrededor de 500 vocablos al finalizar el siglo.  Pobre universo vocabular, no solo para expresarse y comunicarse, sino también para entender, para pensar.
El diseño curricular de los magisterios de la Ley Federal de Educación aprobada en los '90 solo destinaba dos horas cátedras de Lengua para formar a los maestros.  Una garantía de que ese estado de cosas culturales continuara así o empeorara. 
Vivimos luego con esperanza el cambio de diseño curricular de la nueva ley de Educación, en el que participamos los IFD, que aumentó la carga horaria de Lengua y creó otros espacios necesarios como los talleres de Alfabetización Inicial o de Comprensión y Expresión Oral y Escrita", el arribo a las escuelas de valiosos y numerosos libros, la provisión a los docentes de bibliografía muy útil, orientadora, aplicable, con reconocimiento académico unánime, como los Cuadernos para el Aula,...
Por toda esa historia, en el año en que egresa la primera promoción de maestros de este nuevo plan de estudios, ante una serie de episodios que nos alertan sobre un posible y grave retroceso en materia de pedagogía y políticas educativas, tal vez haga falta recordar otra vez que "se lee con los ojos".
Recomiendo además la lectura completa de "Historias del leer y escribir" de Pablo Pineau, en el blog del Ministerio de Educación catedraalfabetizacion.blogspot.com.ar
En ese texto, Pablo Pineau explica que esa escena de lectura, proviene del Requerimiento, un texto que los  conquistadores españoles leían a los aborígenes antes de descargar sobre ellos el fuego de sus armas, en el  cual los conminaban a aceptar de buenas maneras a la Corona y la religión cristiana.
 A continuación, unos fragmentos de esa clase, la cuarta de una serie que el Ministerio nos brindó a través de videoconferencias durante un año, poniendo a nuestro alcance a reconocidos especialistas argentinos, de diferentes enfoques teóricos.
"Adriana Puiggrós dice que (el Requerimiento) es la escena fundante de la pedagogía latinoamericana.  Fíjense el dispositivo, bien interesante.  Por un lado, figuras bien distintas, hay quien lee y quien oye leer, el conquistador lee y el conquistado oye leer, no tiene el texto, simplemente puede escucharlo.  De hecho, cuando le dicen esto a Atahualpa, Atahualpa se enoja, revolea el papel y esto provocó la matanza de Cajamarca.  (...) Yo creo que es el mejor ejemplo de pedagogía bancaria, según habla Freire.  Cuando Freire habla de educación bancaria, está hablando del requerimiento,creo yo.  Hay quien tiene el saber, quien viene a plantear la verdad, el otro solo puede aceptar y solo puede escuchar, no puede preguntar.  En realidad no existe la posibilidad de cuestionamiento, es solo la aceptación, digamos, le trae lo mejor que puede, fíjense la buena voluntad: mandé a escribir el texto por el mejor de todos los escribanos del reino,hay un escribano aquí que da fe, te lo hago traducir, te lo explico bien, si no entendés es por culpa tuya... No sé si les suena a algo:  hemos echado mano a todos los dispositivos, te lo explicamos de mil formas distintas, llamamos a psicólogos, trabajadores sociales, todos, y vos seguís sin aprender, la culpa es tuya.
Digo, cuando en cierta forma, este dispositivo se reactualiza en las escuelas (y lo digo en broma), se está recuperando esta vieja concepción.  Hay una cierta idea de buena voluntad, ¿me entienden?  Este dispositivo de culpabilización de la víctima es central:  te voy a pasar por encima y la culpa es tuya porque no aceptaste, yo lo hice de mi mejor buena voluntad, más no puedo hacer.  Fíjense cómo acá no hay palabra del otro, fíjense cómo este mismo texto era leído a todos los pueblos originarios de América Latina, cuya diversidad era impresionante:  pueblos sedentarios, pueblos nómades, pueblos agricultores. (...)"

miércoles, 17 de octubre de 2012